Hablar de rock dentro de un
colegio en Medellín, a menudo es como hablar del demonio dentro de un convento
y más si quien habla del asunto con sus estudiantes es precisamente el profesor.
Así comenzó tiempo de rock, hablando con aquellos alumnos que a menudo eran
estigmatizados por tener el pelo largo o usar algún arete y que a menudo se
tomaban como rebeldes y desadaptados que no respetaban las normas del manual de
convivencia de nuestra institución.
De alguna manera fue
reencontrarme con migo mismo, con el joven que alguna vez fue tildado de
desadaptado por el coordinador de su colegio por idénticas razones, solo que
esta vez lo hacía desde la figura de la “autoridad”.
Avanzaba el año 2008 y la
tribu urbana de los emos estaba en su apogeo, muchos de ellos desfilaban al
interior de mi institución; jóvenes tildados de depresivos, famosos algunos por
cortarse la piel con cuchillas de afeitar y sobre todo por ser a menudo
victimas del matoneo escolar por parte de sus compañeros, a menudo rockeros, de
otras tribus urbanas, especialmente los punkeros y los metaleros. Este fenómeno no era exclusivo del colegio,
en muchas partes de la ciudad se los golpeaba y se les insultaba, especialmente
en el parque de los deseos donde se reunían y se les estigmatizaba a la par con
los miembros de la comunidad LGTBI que también se reunía allí. En parte de allí nació la necesidad de hablar
de la música rock y de su cultura desde un contexto más académico y educativo.
Mis primeros encuentros con
los rockeros del colegio no fueron tampoco los más cordiales, enmarcados en la
figura del docente que a todo lugar debe mantener la disciplina, el orden y el
buen comportamiento, entendidos como un uniforme impecable, el pelo corto en
los hombre o sin un color “antinatural” en las mujeres, libres de piercings,
aretes o cualquier otro accesorio, que no fuera diferente a los implementos
necesarios para estudiar. Pero también
me permitió identificarlos y me dio la
oportunidad de comenzar a dialogar con ellos.
Esos primeros encuentros se
hicieron más frecuentes y ya no fueron las normas rígidas del manual de
convivencia y su estricto cumplimiento los temas de las conversaciones, si no
la música, un lenguaje más universal y libertario, que le permitía a ellos al
igual que a mí, cuando tenía su edad, ver el mundo de una manera diferente a
los demás y enfrentar un panorama lleno de las restricciones, a menudo
arbitrarias que impone la sociedad y fue a través de la música, de las
canciones, de sus propias canciones, que comenzamos a hablar de política, de
libertad, de represión, de solidaridad y comenzamos a criticar lo que muchos
llamamos realidad.
Y es que muchos de estos
jóvenes también estaban comenzando a crear pequeños proyectos musicales,
tratando de tocar de manera empírica sus guitarras acústicas o eléctricas, se
rotaban el mismo bajo o los platos, el tapete para que no se moviera la batería y los tarros, como ellos definían al bombo o los tambores de las mismas, sin
hablar de los platos o platillos rotos y doblados o los amplificadores, que
pasaban de una banda a otra para poder tocar alguna melodía.
Pero más allá de las penurias para tocar algo de ruido estaban
las letras de las canciones.
En la imagen algunos de los miembros fundadores de tiempo de rock, de izquierda a derecha Nathalie Bustamante (Natha), Jamer Alvarez (q.e.p.d.), Efraín Rodríguez (Ovidio) y Daniel Ocampo (El Pollo)
Próxima entrega las canciones
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